home CUENTOS, literatura, poemas, Tout Le Frut No hay razón para la muerte

No hay razón para la muerte

Esta vez quiero hablar de aquello que llamamos la muerte. Este escrito es algo que venía forjando desde hace varias semanas porque, faltaba más, a esto de morir también le han endilgado unas medallitas terribles que le sientan muy mal. ¿Por qué elegí este momento para hablar al respecto? Por dos sencillas razones: primera, porque mi madre murió hace unos días y eso me otorga ciertas licencias de parte de la sociedad en cuanto a mi comportamiento se refiere (se suavizan las miradas duras ante la extravagancia de la individualidad); segunda razón y de mucho más peso: porque la investidura de ser humano se habrá de terminar. Este cuerpo es mortal y por mortal me doy permiso de hablar sobre la muerte de la forma que me plazca.

Primero que nada: hay varios lentes con los que es posible mirar la muerte. La mayoría de las personas entre el Pacífico y el Atlántico suelen tener visiones francamente terribles. La muerte se vuelve no sólo drama sino tragedia. Genuina tragedia. ¿Por qué tenía tal persona que morir? Si era tan joven/alegre/bueno, estaba tan lleno de vida, etc., etc. ¿Qué tiene que ver la bondad de uno con que el cuerpo no funcione o vea interrumpido su funcionamiento? Absolutamente nada. El humano muere porque tiene un cuerpo que deja de servir en algún momento no depende de su proceder en la vida. La muerte jamás ha sido castigo o premio. Es tan castigo y tan premio como respirar, parpadear o tragar saliva.

 

 Niño malo

¡Te dije que levantaras tu cuarto!

Ahora nada más puedes parpadear tres veces al día. NA-DA-MÁS

La muerte es un hecho que carece de juicio de valor. Cada uno le impone ropajes que la hacen ver terrible. miedos demasiado largos, angustias muy apretadas o injurias terriblemente cosidas. La muerte, como el amor, no es buena ni mala. Dejarla desnuda no es profanidad ni falta de respeto, ¡muy al contrario! Amén de que es altamente benéfico para uno. Todos vamos a morir como toda hierba, animal extinto, bicho, planeta y galaxia. Lo sabemos, sí, pero no todos lo han concientizado. He ahí buena parte de la ventaja de mi propio origen. De donde vengo la muerte siempre se sentó a la mesa. Siempre fue invitada, bendecida, saludada y reconocida. No sólo aceptada sino querida. Y la quiero. En verdad la quiero. De mis más grandes emociones en la cotidianeidad es pensar en ese momento en que nos abracemos y este envase de carne termine su trabajo.

 

 Gato abrazo

¡Quiéreme, Gatito de la Muerte!

 

No soy suicida, aclaro. No busco morir, ni arriesgo el pellejo ni creo que andar de yolando (YOLO, pues) sea el proceder más afortunado pero me emociona pensar en mi partida. En vivir la muerte. Experimentarla, saborearla. Pero, nada, hace ya muchos años que nos conocemos. La familiaridad existe. Por eso cuando llega, es el recibimiento de un viejo y querido amigo. Tan amigo como soy de mí mismo.

Amigos, tíos, primos y ahora la madre; aún así seguimos siendo queridos uno del otro. Mi madre no era el cuerpo que paró de servirle. El cuerpo es un vehículo que nos permite funcionar en esta realidad consensuada. Es una interface sin más, no es la persona.

 

Jarvis Ironman

Tal cual. Cara de sonzo y todo.

Entonces la muerte no es castigo para los “malos”. La pena de muerte no debiera ser castigo para el asesino, violador o secuestrador. Debiera ser un mecanismo para depurar el organismo social de lo que le hace daño. Eso sí tiene sentido: si hace daño, ¿para qué sostenerlo (con dinero público además) en la maquinaria? Por supuesto, aquí entra una vez más la visión y juicio del humano que siempre me causa desconfianza. Identificar responsables (no culpables) de sus actos es un teatro de retórica que busca competir, no permitir que “cada quién cargue su bultito” (diría mi madre). Pero eso también es material de otro escrito.

Todo lo anterior va en función de que la necesidad de hallarle motivos razonables al por qué alguien muere es completamente inútil. La pregunta sirve porque motiva a cuestionar muchísimas cosas y a encontrar más y más preguntas. Pero esperar una respuesta del tipo: “su misión terminó, los que quedamos tenemos que aprender, tal o cual Dios necesita su ayuda, etc.” es de lo más baladí. ¡No necesita razones morir! Tampoco vivir. No hay necesidad de ¿para qué los átomos se unen?, ¿por qué el aire no lo vemos?, ¿para qué hay nubes? ¿Para qué? Para nada. Para todo. Esa necesidad de pragmatismo para con la muerte es un acicate con que han sometido a casi todo el mundo. Una mano de sombras sin más.

 

Master hand

 Ñaca ñaca.

La muerte es vida también. Y eso sin tomar en cuenta las creencias de lo que sigue después de ese trayecto. ¿Creés en el cielo del mundo cristiano? Bien está. ¿En la reencarnación del verdadero ser? Perfecto. ¿Creés que no hay nada más después? ¡Fantástico! Lo mismo da. Nadie lo sabe. Conjeturan, dicen que alguien sabe; dicen que dicen que saben. ¿Qué importa? Genuinamente ¿qué importa? ¿Qué diferencia hace si esta mano que escribe y esos ojos que mis letras ven han de desbaratarse en polvo y aire con cada gota del tiempo? La muerte no es la antípoda de la vida. La muerte ES vida y viceversa. La mismísima existencia de una armoniosa dualidad. Buscar a la fuerza un motivo que satisfaga al simio de la mente es muy humano; como suelen ser los caminos a la desesperación. Hay que cuestionar la muerte como a la vida, a los padres, a los maestros y a uno mismo en la búsqueda. La pregunta ES el motor, ES el camino. Y ese camino no termina en razón alguna.

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