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La esquina de la tormenta

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No es que en algún momento hubiese tenido la osadía de pensar que dos días serían suficientes para recorrer la magia que se enmarca por los bordes de la Ciudad de Mexico (osadía más grande sería pensar que entre los huecos del tráfico y las partículas de aire contaminado no se encapsulaba algo más allá que una metrópolis que creció sin control).

     Pero tal vez por la ingenuidad que me queda o por alguna capacidad desconocida para escribir paréntesis dentro del ajetreo de mi vida diaria, no necesité mas que 3 horas (dos de las cuales involucró mi transporte del aeropuerto al sitio en cuestión)para encontrar un recoveco dentro del clásico Bazar del Sábado que me maravilló como pocas cosas lo habían hecho desde hace mucho, mucho tiempo.

     Y es que creo que serían escazas las personas a las que no les asombraría escuchar una tormenta caer sobre el mar sin siquiera estar en la playa, viendo algún programa de Discovery Chanel, o acostados en alguna clase de relajación con un audio de naturaleza.

     Estábamos caminando por el tianguis de artesanías paralelo a la conocida casa del Bazar del Sábado de regreso hacia un puesto de cuarzos y joyería donde, para ver cómo lucían sus collares y aretes sobre ti, te prestaban un espejo de plata antigua que si existiera, diría que me recordó a la época de Narnia.

     Me compré unos aretes divinos de ámbar con unos pajaritos de plata, a los que les presté poca atención al encontrar lo que ocuparía mis pensamientos por las próximas noches.

     Quizás era muy básico: materiales naturales ensamblados de maneras poco complicadas…pero el sonido que esos instrumentos era algo tan familiar, y a la vez tan desconocido, que me ponían la piel chinita.

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     Se trataba de una especie de tambor invertido, pequeñito y de Bambú, de cuyo cuero (lo que sería la parte contra lo que las palmas tocan en el caso de un tambor) colgaba un resorte de metal delgadito, parecido al cuerpo de Slinky de Toy Story. Lo sostenías con tus manos y hacías ademanes circulares, y…

De repente, Truuaaaauuuoooouuoooaaoouuooon…

Un trueno. Un trueno incesante.

Estaba lo suficientemente maravillada que me sentí como cuando tenía 5 años y descubrí que podía hacer burbujas en el lavamanos.

Tenía la mirada ida y una sonrisa incontenible, mi cabeza ligeramente ladeada según yo para escuchar mejor.

De repente, el señor de ojos verdes y poco pelo, responsable de estas creaciones, tomó un tambor-invertido-resorte-en-la-parte-inferior más grande, que se conectaba con otro tambor-invertido-resorte-en-la-parte-inferior a través del Slinky como un cordón umbilical. Su “asistente” sostenía uno de los dos instrumentos y se apartaba un poco, de pronto, agitaron el resorte que los conectaba.

…Twaaaauaaaaaauaaaooauoauan…

Un rayo intergaláctico.

¿Whuuuuuut?

¿Qué estaba pasando?

Después, un individuo cuya proveniencia no reparé, tomó un tambor planito que estaba cerrado de ambos lados por los cueros beige que cubren las superficies de cualquier percusión. Lo sostuvo horizontalmente y empezó a moverlo en círculos.

…Fluuuushhhhhhh…

 

Un sonido parecido pero un poco más maravilloso al de un “palo de agua”

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Todas esas acústicas fusionadas, más mis ojos cerrados, y de repente estaba en alguna tormenta tropical en una isla lejana.

Por si fuera poco, el señor de ojos verdes pasó su labor a algún espectador para tomar un silbato de barro y comenzar a ser el viento.

…Sssssssss…

Estaba rodeada de un tumulto de gente como es clásico en San Ángel, y a la vez, parada en el ojo de la tormenta.

La impresión no cesó cuando se calmó la tormenta, porque este señor mago, inventor o chamán, o simplemente apasionado de la música, comenzó a contarnos leyendas de esos y otros instrumentos, el Xicoxi prehispánico uno de ellos.

Era una recreación de un instrumento prehispánico hecho de barro. Tenía la forma de una flauta gruesa con una especie de cuenco en la parte que normalmente se reposan los labios para soplar. Estaba conectada a la punta opuesta por un cilindro del cual uno la sostenía, y en la punta opuesta, tenía un rostro de bebé con una gentil sonrisa.

 Con una jícara, se vertía agua en el cuenco y había que ladearlo hacia delante y hacia atrás. De pronto, se escuchó un silbido suave y poco a poco, comenzaron a brotar pequeñas lágrimas de los ojos del bebé.

“Para que nunca llores solo”- nos dijo el hombre.

Yo, aún más anonadada, me quedé escuchando ese silbido discreto de algún bebé.

Quizás dos días siguen siendo extremadamente pocos para conocer un lugar tan grande y tan vasto como lo es la capital, sin embargo, me doy cuenta que la capacidad de asombro muchas veces incrementa dentro de los tiempos limitados, en los momentos inesperados y, más que menos, en los lugares comunes y transitados.

Por un momento, me sumergí en una tormenta musical que se enciende cada sábado. Llegué a pensar  que sus horarios de rutina le hacían perder la magia, y que el que yo estuviese ahí sólo representaba una casualidad unilateral y por lo tanto ligeramente menos magnifica. Sin embargo, he logrado darme cuenta que la cualidad de rutina sabatina de esta  ocurrencia da la oportunidad a que sean muchos más los que se maravillen, los que olviden por un momento el sin-son de los carros y los claxons y se envuelvan por el mar de sonidos que se libera en alguna esquina de San Angel.

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