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La inundación

septiembre 04, 2013 / por / 0 Comentario

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Para las tres de la mañana aquello era un verdadero desastre, los muebles no se alcanzaban a ver, el color de las paredes parecía uno totalmente diferente al que escogió mamá luego de la mudanza. Aquella no parecía mi habitación.

Todo inició desde muy temprano, cuando veía el noticiario con papá antes de la escuela, el almuerzo se me atoró en la garganta: anunciaron Luna llena y supe lo que pasaría.

Estuve preocupado todo el día, maquinando soluciones que previnieran la catástrofe y hasta pensando en qué inventar si alguien irrumpía en mi habitación. En la escuela creyeron que estaba enfermo y me enviaron temprano a casa, donde no mejoré y no pensé más claro en qué hacer si mis temores se confirmaban.

Cerca de las nueve de la noche, cuando mamá me había metido ya entre las cobijas y me había deseado buenas noches desde el pasillo, asomé lentamente el rostro sobre las mantas, en cuanto mis ojos quedaron descubiertos puede ver aterrorizado cómo la luna surgía entre los árboles del vecino y una fina línea de luz plateada se colaba en la rendija de mi ventana.

Entonces comenzó la inundación. Un fino hilo de luz se derramó bajo los cristales de la ventana y entró lentamente a mi cuarto, resbaló por la pared y fue a dar a mi ropa sucia. Poco a poco la habitación fue llenándose de luz plateada y mojó cada una de mis cosas. No era la primera vez que la luna me inundaba el cuarto, se ponía sobre mi ventana la noche entera y llenaba todo de agua brillante. Era un verdadero fastidio porque al día siguiente tenía que poner mis cosas a secar al sol para que mamá no sospechara. Pero esta vez era diferente, lo digo por la velocidad con que todo a mi alrededor quedó empapado y porque a las tres de la mañana la luz fría ya me rozaba los dedos de los pies.
Cuando mi cuerpo estuvo cubierto de luz me asusté mucho, porque el agua nunca había alcanzado ese nivel y la inundación estaba saliéndose de control. Traté de no mover ni un músculo para que el ruido del agua no despertara a nadie, pero pronto comencé a temblar de frío y el agua se estrellaba contra las paredes. –Se va a despertar Mariana-, pensé.

Pero mi hermana no despertaba con nada.

Debo admitir que el agua era muy bella, brillaba como plata e incluso reflejaba las sombras del jardín y el brillo de algunas estrellas, sólo que era helada y arruinaba mis cosas. Cuando el agua rozó la repisa de mis juguetes tuve que hacer algo; me levanté de la cama y atravesé el cuarto para llegar hasta ahí, con un trabajo inmenso, subí cada uno de mis juguetes al nivel más alto de la repisa y regresé a mi cama esperando que la luz no alcanzara ese nivel.

También decidí que, para que el agua no se saliera por el marco de la puerta, debía poner algo que la contuviera dentro; fui por un par de mantas y me sumergí en la luz para cubrir la rendija con ellas.

Luego volví a mi cama que ya estaba totalmente hundida en el agua y me acosté procurando no hacer ruido.

Cada vez sentía más frío y la luz seguía metiéndose por la ventana, mojaba mis libros y mi ropa favorita. Me asusté porque no amanecía y temí que no volviera a salir el sol, entonces solté un grito ahogado y rogué porque nadie lo escuchara.
Contuve la respiración para escuchar cualquier señal. Nada.

Tuve que ponerme de pie en la cama para que el agua no me cubriera la cara, y entonces alcancé a ver a lo lejos que el cielo comenzaba a teñirse de color naranja: ¡Faltaba poco para el amanecer!

Supe que sólo tendría que resistir el frío un poco más y el sol saldría a secar todo mi cuarto.

Tenía mucho sueño y me sentía débil, el agua se estaba acercando a mi pecho y los ojos se me cerraban a pesar del esfuerzo que hacía por mantenerlos abiertos.

Cuando estaba a punto de caer, alguien abrió la puerta de mi habitación de golpe y me preocupé porque verían el desastre: era mi mamá, se paró frente a la puerta e iluminó mi cuarto con la luz del pasillo. Inmediatamente y por arte de magia, el agua desapareció y todo se secó a una velocidad asombrosa. La luna se escondió entre los árboles y no se atrevió a salir. Mamá me preguntó si estaba bien y le dije que sí, pero que podía dormirse conmigo si tenía miedo o algo.

Desde entonces cuando la luna se quiere colar en mi ventana le grito a mamá, porque cuando ella está en mi habitación no se puede inundar; la luna no se hace agua enfrente de ella.

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SOBRE EL AUTOR

Lloro con el himno nacional.


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