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Reflexiones de Ensueño y Conciencia: ¡CAOS!

Si duermo…

Esta noche fui un tigre, luego un tigre triple siamés, una niña descalza, y probablemente también neblina descarrilada.

Tan solo por un momento de la noche volví a mis piernas, respondiendo al llamado del frío. Pero rápidamente, al atenderlas, de nuevo cesé de existir. Eso es la metamorfosis: el Ir y Venir y la imprevisibilidad del cuerpo y del ser.

El sol le da toquecitos a la sien de mi cuerpo. Como reacción, mis parpados se abren lentamente, como acercándose a la puerta a preguntar “¿Quién esta ahí?” Y el sol responde “Soy yo, la mañana.”

Pero resulta que la identidad a la que el sol llama a través de la puerta es desconocida, identidad ausente, fugaz en su desaparición. Es posible que esté buscando sus zapatos, o averiguando cómo se puede mover el cuerpo de un tigre trisiamés, o quizás se encuentra en un lugar completamente distinto.

Así que el sol repite el proceso; ahora contesta la garganta con un gemido. Pero aún la niña se prueba un zapato demasiado chico y sin par. Entonces el sol le da una patadota al hígado. “!Guey! Soy tu conciencia, ¿no te acuerdas que tienes mucho por hacer?” Y mi cuerpo llama a la niña y al tigre trisiamés y les dice, “A ver cómo le hacen, pero ya tienen que habitar este cuerpo, la jefa conciencia está que arde.”

Talk about identity crisis. Cuando menos vienen de un mundo en el que la metamorfosis es ley, pero no por instrucción; en aquel mundo la metamorfosis no es ley de autoridad, es ley de naturaleza, instinto impregnado en los tejidos de su ser. La metamorfosis ocurre sin avisar.

Así pues, se dejan de quejar la niña y el tritigre, y en un instante se evaporan, desintegran, destejen, qué se yo. Y el torso sobre la cama gira, el brazo se estira, la pierna se desdobla, la cara hace muecas, primero presionando los ojos, luego la boca abriéndose ampliamente, rugiendo, un eco sin recuerdo de algún tigre. Con el bostezo entra el oxigeno necesario para que yo pueda asumir este abrupto cambio al mundo compartido con otros tigres y niñas y conciencias más y menos amables que la mía.

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He llegado a un entendimiento que me hace hacer las paces con mi situación mental.

Me refiero a que abro puertas sin saber por qué o para qué, me estampo con otras, me equivoco en sumas tan sencillas como cuatro más siete, y se me pierde algo que traigo en la mano. ¿Por qué? Por fin la respuesta, que siempre estuvo ahí, que conocía pero no me había detenido a escuchar: La mitad de mi conciencia está ausente.

Todas las noches tengo sueños lúcidos. Son aquellos sueños en los que tienes conciencia de que lo que vives es un sueño; para los más afortunados significa que pueden controlar lo que sucede. Pero mis sueños lúcidos más bien son pesadillas con conciencia pesada y  la frustración de querer hacer algo y saber que tengo el control pero no el manual de cómo usarlo.

Allá en la noche se queda esa mitad de conciencia, demasiado cansada para continuar al mundo en el que mi cuerpo radica y en el que tú y yo y todos coincidimos cuando estamos despiertos. Así que discúlpame si choco contigo o si se me olvida mi nombre; lo que pasa es que estoy muy ocupada viviendo simultáneamente en mundos paralelos.

 

 

(Imágen: Yayoi Kusama, In The Midst of Adolescence, 2010) 

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